lunes, 1 de noviembre de 2010

Ponencia presentada en el 3º Congreso internacional de educación media superior y superior “Los jóvenes en la era del conocimiento”. Noviembre 1, 2010.


Retórica, cultura ciudadana y educación cívica.
Eje temático: JEC- Los jóvenes y la educación cívica
Luis Antonio Monzón Laurencio

Resumen

La retórica ha sido considerada como una herramienta de manipulación o discurso vacío. Sin embargo, esto niega una tradición de más de dos mil años. En los últimos 30 años, algunos teóricos han presentado argumentos para restituir la retórica en los curricula escolares.
Utilizando la hermenéutica analógica como método, hemos encontrado suficientes razones para sustentar la reincorporación de la retórica en los curricula para lograr una mejor educación ciudadana. Los resultados arrojan, primero, que el ser humano es un ser lingüístico, sus vínculos sociales están mediados por el lenguaje. En este sentido, resulta indispensable un adecuado manejo del mismo, lo cual es el primer rasgo rescatable de la retórica.
Segundo, que la racionalidad lógica no ha logrado satisfacer las necesidades cotidianas de las personas, aunque el avance científico sea significativo. Una nueva racionalidad es requerida y la retórica se conecta con la racionalidad práctica, por lo que es útil.
Tercero, en las sociedades del conocimiento el manejo del lenguaje y la información son competencias indispensables y la retórica ayuda a desarrollarlas.
Por último, que la formación retórica requiere la capacidad de abrirse a las opiniones de los otros y desarrollar la capacidad de escuchar; virtudes necesarias en la formación ciudadana y cívica.
En conclusión encontramos que la reinstauración de los estudios de retórica en la educación media y superior contribuirá de forma satisfactoria en la formación cívica de las personas y en la construcción de una nueva ciudadanía acorde a las sociedades del conocimiento.



Introducción

La retórica fue considerada desde hace más de dos mil años no sólo como una herramienta más en el repertorio de conocimientos indispensables para la vida cívica de las personas, implicaba el más alto desarrollo lingüístico del ser humano, es verdadero y más elevado objetivo de la educación.
Sin embargo, esta visión de la retórica empezó a perderse a inicios de la modernidad y con el advenimiento del positivismo, de dejó de lado por completo su estudio, convirtiéndola en una más de las disciplinas de estudio de lenguaje, encargada únicamente de algunas figuras utilizadas para embellecer el lenguaje o engañar a las personas y hacerlas aceptar lo que decimos.
A principios del siglo pasado se inició un proceso de recuperación de la retórica que nos ha llevado a reflexionar nuevamente su papel en la formación humana. En la presente ponencia presentaré algunos argumentos por los cuales consideramos necesario un retorno de la formación retórica en las escuelas, qué entendemos por esta y cómo consideramos se debería aplicar.

I Breve historia de la Retórica Clásica

Nietzsche al inicio de sus Escritos sobre retórica de 1872 en donde inicia contundentemente diciendo «una de las principales diferencias entre los antiguos y los modernos es el extraordinario desarrollo de la retórica: en nuestra época este arte es objeto de un general desprecio, y cuando se usa entre los modernos no es más que diletantismo o puro empirismo» (1872: 415 / 2000:81). Efectivamente, como afirma este pensador, en la antigüedad la retórica no sólo era una disciplina más estudiada por las personas, era en cierto sentido un fin en sí mismo, era un fin de la cultura: «la formación del hombre antiguo culmina habitualmente en la retórica: es la suprema actividad espiritual del hombre político bien formado, ¡una idea para nosotros muy extraña!» (1872: 416 / 2000:81).
El primero en teorizar sobre retórica fue Aristóteles, hacia el siglo IV a. C., quien la define como «(…) la facultad de teorizar lo que es adecuado en cada caso para convencer» (Retórica I, 2, 1355 b25). Sin embargo, es más que una simple técnica para el convencimiento de los demás, lo cual es inaceptable, pues contrae peligros que la sofística se encargó de mostrar claramente.
Posteriormente, la retórica continúa estudiándose, tanto en el sentido de ciencia, es decir como estudio o teoría general de la argumentación, como en el sentido de técnica, o reglas para convencer mejor.
En la antigua Roma, Cicerón y Boecio teorizaron nuevamente la retórica e hicieron varias aportaciones a esta disciplina. Durante la Edad Media pensadores como Roberto Kilwardby, Vicente Ferrer, Remigio Rufo y Fray Luis de Granada también se encargaron de esta disciplina y cada quién aportó a ella nuevas reflexiones.
Ya en la Edad Moderna y en nuestra época contemporánea, Pascal reconoce la necesidad de este tipo de argumentación. Por su parte, Nietzsche, como ya hemos mencionado, busca revivir de alguna manera la recién olvidada tradición retórica. Ya en el siglo XX, autores como Perelman (en 1989), Toulmin (en 1958), Gadamer (en 1960) o Ricoeur (en 1977) reconocen la importancia de la retórica y proponen de una u otra manera un retorno de ella.

Aproximación al concepto de retórica

Partiendo de la definición aristotélica de retórica y de las propuestas de Perelman y Olbrechts-Tyteca, podemos afirmar que la retórica es un modo elevado de discurso-razonamiento (ratio et discorsi = logos) que versa sobre lo contingente y verosímil (en oposición a la lógica-dialéctica que versa sobre lo necesario y verdadero) y que busca lograr la adhesión del otro (o de los otros) a una tesis no sólo por convencimiento racional sino por aceptación emocional.
La característica fundamental de este concepto de retórica radica en oponer el tipo de razonamiento retórico al de la lógica formal, siendo esta última una lógica de la demostración mientras que la primera es tan sólo una lógica de lo razonable, de lo plausible.
Esta diferencia es fundamental para comprender la propuesta de un retorno de la retórica porque a pesar de existir una gran cantidad de autores que en la actualidad se preocupan por la cuestión de la argumentación en los estudiantes, ignoran (ya sea por desconocimiento o por mala voluntad) la larga tradición retórica que se ha señalado brevemente en el apartado anterior, de casi dos mil años de antigüedad y de investigaciones y reflexiones profundas y sus propuestas no distinguen entre estos dos tipos de argumentación que claramente son diferentes.
No podemos simplemente cerrar los ojos a la tradición. Si tenemos una disciplina tan estudiada y con tan grandes aportes, sería un error abandonarla para empezar de nuevo. No conozco hasta el momento ningún texto sobre didáctica de la argumentación que reconozca la diferencia y, mucho menos, que cite a ningún autor de la larga tradición retórica.
Otro aspecto importante de la definición es que decimos que es un modo elevado de discurso porque por un lado implica un manejo del lenguaje y del buen hablar (oratoria) que se desarrolla, se cultiva y no sólo se adquiere por naturaleza.
Distinguimos también en la definición el término de racionalidad porque la retórica implica un modo de pensar relacionado no con la búsqueda de lo verdadero (como en el caso de la lógica) sino relacionado con la deliberación (boulesis), es decir, con el silogismo práctico, con aquella racionalidad cuya finalidad no es una proposición verdadera, sino una resolución sobre cómo debemos actuar.
Decimos también que es un tipo de discurso-razonamiento que busca la adhesión de otro (u otros) a una tesis sostenida por alguien que la considera más verosímil, más práctica o en algún otro sentido mejor que alguna otra. Es decir, busca el convencimiento y la aceptación más que la demostración.
Es por ello que al aceptar esta definición, estamos adquiriendo algunos compromisos teóricos como son:
1.       Compromiso con una antropología filosófica: que concibe al ser humano como un ser lingüístico por naturaleza, tal como se ha expuesto.
2.      Compromiso con una teoría de la praxis: que concibe a toda praxis humana como lingüística, producto de una interacción social mediada por el lenguaje.
3.      Compromiso con una teoría del conocimiento: que considera que el mundo de lo social no está determinado de la misma manera que el mundo natural; no obedece a leyes precisas e inmutables sino que parte de lo más aceptable, plausible o conveniente.
4.      Compromiso con una ética: porque no sólo se trata de una mera techné o técnica para mejorar y adornar el discurso, sino un compromiso racional por la búsqueda de lo más verosímil y conveniente para la comunidad, oponiéndose con ello al uso indiscriminado que la sofística llevó a cabo de esta disciplina.
5.      Compromiso con una filosofía de la cultura: porque también la entendemos como una cultura, es decir, un modo de ser. Así como podemos hablar de una cultura científica o una cultura política, así también podemos hablar de una cultura retórica, que implica ciertas creencias, valores, actitudes, normas y principios. Esto significa, no simplemente se sabe retórica (como se sabe gramática) o se domina la retórica (como se dominan las matemáticas); sino que, en realidad, se vive (se vivencia) la retórica.
6.      Compromiso con una teoría política: que ve a la sociedad como un conjunto de vínculos lingüísticos e interacciones comunicativo-discursivas orientadas al bien común.

La retórica y la construcción de la ciudadanía

Desde Aristóteles se ha considerado que la retórica está íntimamente relacionada con el desempeño del ciudadano plenamente. Esto es a que el ser humano es, principalmente, un ser que tiene lenguaje, aunque, como señala Ramírez (2008), las lecturas tradicionales han traducido el término «logos» como «razón» a pesar de que incluye también la idea de habla. Así, nos dice que «la capacidad intercomunicativa es, por lo tanto, algo que el ser humano y el animal tienen en común. Pero lo que diferencia la comunicación humana de la de otros animales es su competencia en el uso de ese específico instrumento que es el lenguaje: la palabra». (Ramírez, 2008: 13).
El ser humano está dotado de lenguaje y su manera de relacionarse con el mundo y con sus semejantes es lingüísticamente, por lo tanto, un adecuado manejo del lenguaje es indispensable para la actividad social. El ser social del hombre deviene, pues, de su ser lingüístico y en ese sentido «tener logos supone (…) saber distinguir entre lo justo y lo injusto, entre lo provechoso y lo perjudicial, entre lo bueno y lo malo, no entre lo verdadero y lo falso» (Ramírez, 2008: 16).
Es decir, es mediante el lenguaje que podemos distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo apropiado de lo inapropiado, lo correcto de lo incorrecto, etc., antes que distinguir lo verdadero de lo falso. Porque determinar que algo es verdadero o falso implica capacidades distintas a saber si algo es bueno o no. Muchos avances científicos y tecnológicos lo demuestran. La discusión sobre si la ecuación de Einstein que vincula energía y materia es verdadera o no es de un orden muy distinto a la que determina si debemos o no utilizar armas atómicas (basadas en dicha ecuación).
Las discusiones que competen al ciudadano no son de orden lógico-apodíctico, es decir, discusiones que puedan resolverse sin lugar a dudas y bajo estrictas reglas de inferencia para llegar de proposiciones verdaderas a otras igualmente verdaderas. Las discusiones ciudadanas tienen que ver con lo justo, con lo adecuado, con lo mejor en un momento determinado. Por ello, son discusiones retóricas. Elegir un proyecto político, aceptar o rechazar los matrimonios entre personas del mismo sexo, prohibir o permitir la eutanasia o el aborto, incluso decidir si ayudar a un proyecto de rescate de niños en situación de calle o a uno para personas de la tercera edad, implica ponderar cada una de las posturas y elegir entre ellas siempre en un grado de duda razonable, es decir, aceptarlas como verdades plausibles, probables o más verdaderas o convenientes, nunca como verdades irrefutables, pues siempre hay otra persona ahí con buenos argumentos para defender la postura opuesta. Es por ello que se trata de discusiones retóricas.
Es así que comprendemos que existe una vinculación necesaria entre la formación ciudadana y el manejo de la retórica. Nietzsche apuntaba en el texto citado que la retórica «(…) es un arte esencialmente republicano: uno tiene que estar acostumbrado a soportar las opiniones y los puntos de vista más extraños e incluso a sentir un cierto placer en la contradicción; hay que escuchar con el mismo buen agrado que cuando uno mismo habla, y como oyente hay que ser capaz, más o menos, de apreciar el arte aplicado» (1872: 415-416 / 2000:81).
De igual manera se expresan Beuchot y Arenas-Dolz (2008): «(…) lo fundamental para un ciudadano de la sociedad moderna es la necesidad de dominar críticamente el lenguaje, lo cual nos permite una precisamente una comprensión y orientación crítica de la acción humana» (p. 130).
Es así que nuestra primera conclusión es que en la actualidad hemos retornado la idea del ser humano como ser lingüístico y que la sociabilidad humana es especial precisamente por este carácter lingüístico: somos seres sociales porque establecemos vínculos comunicativos especiales entre las personas de nuestra misma especie. Por lo tanto, el grado se sociabilidad aumentará en la medida en que nuestro manejo del lenguaje se incremente. La retórica ha sido el nombre que durante cerca de dos mil años se le dio a esa capacidad suprema de manejo de lenguaje.
Por otra parte, desde inicios del siglo XX y hasta la actualidad, una gran cantidad de pensadores han colocado en tela de juicio la utilidad de la lógica formal para resolver los problemas cotidianos. Desde las reflexiones de Nietzsche hasta las propuestas de los pensadores postmodernos, nos percatamos de que la vida cotidiana y la sociedad no se manejan con reglas universales y matemáticamente descriptibles como se pensaba en el positivismo. Nos movemos en el ámbito de una lógica más permisiva, más abierta.
Esa lógica más abierta y con repercusiones prácticas más que teóricas, es decir, una lógica de la acción y no sólo del conocimiento, fue teorizada en un principio por Aristóteles y desde entonces se le conoce como lógica retórica. De ahí que consideremos que la segunda conclusión importante es no sólo que la lógica formal es insuficiente para la capacitación ciudadana, que tiene que ver con lo cotidiano aunque sea a nivel nacional o internacional; sino que esa lógica ya tiene un nombre desde hace dos milenios: se llama retórica y es necesario retomarla.
Ahora bien, estamos en los albores de lo que llamamos una sociedad del conocimiento, cuyo principal insumo es la información. Pero dicha información se produce en forma de lenguajes distintos: verbal, escrito, gráfico, etc. Es por ello que se requiere de un buen manejo de las herramientas más generales del lenguaje. Dicho manejo ha estado a cargo durante veinte siglos de una disciplina: la retórica. De tal manera que consideramos que para acceder a una sociedad del conocimiento es indispensable un retorno a la retórica.
Por último, como ya se mencionó antes, es también indispensable una actitud de respeto y tolerancia para con los demás. Cuando uno está seguro de tener la razón o que la verdad está de su lado, es muy difícil respetar a los demás. Sin embargo, cuando se asume que lo que uno cree, piensa y dice es tan sólo probable, verosímil, aproximado o provisional, entonces tiene la posibilidad y la necesidad de abrirse a los demás e intercambiar puntos de vista. Es decir, sólo en la medida en que sabemos que podemos equivocarnos estaremos en posibilidad de permitir que los demás emitan su opinión y la justifiquen, porque así podremos confrontar nuestras ideas con las de otros y determinar así cuál de ellas es la mejor.
No se puede ser respetuoso ni tolerante si no hay diálogo de por medio y para que haya diálogo se debe pensar que lo que uno cree no necesariamente es cierto. El dogmatismo precisamente cierra la posibilidad de diálogo al establecer criterios absolutos. Así, por ejemplo, cuando uno no desea renunciar a sus creencias, a su postura teórica, el intento de diálogo resulta fútil, una verdadera pérdida de tiempo. Pero cuando se sabe que nuestra postura podría no ser la definitiva, entonces le permitimos al otro expresar sus ideas ya sea para refutarlas o para fortalecer las nuestras; incluso para cambiar de opinión si se nos demuestra que estamos equivocados.
Esto no quiere decir, sin embargo, que debemos renunciar a la búsqueda de la verdad. Este es el peligro del relativismo postmoderno: pensar que cada quien tiene su verdad y que son todas ellas inconmensurables.
Debemos tener un deseo de alcanzar la verdad para entablar un buen diálogo, pero con la actitud de saber que lo que pienso y digo podría no ser verdadero. Precisamente porque puede ser falso es que busco la verdad y como la busco y puede ser que no la tenga, entonces requiero del otro para ayudarme en mi búsqueda.
El dogmatismo está unido a dos posturas extremas: creer que ya se tiene la verdad y creer que no existe la verdad y que, por ende, todos tienen su verdad. En la primera el dogmatismo se da al imponer mi opinión. En el segundo, porque como no hay criterios universales, el que pega más fuerte tiene la razón. Sólo una actitud mediadora que busca la verdad a sabiendas que no se la tiene y que quizá nunca se la tenga, puede oponerse al dogmatismo.

La retórica de vuelta a la escuela

Es por lo anterior que deseamos reajustar el enfoque escolar y retornar a la retórica.
A nadie debe extrañar considerar la retórica como una asignatura más en el sistema escolar. Lo fue durante más de trescientos años, mientras formó parte del Trivium medieval. Lo que sí debería extrañarnos es la pérdida no sólo de esta disciplina, sino de toda una cultura escolar retórica, misma que era común para griegos, latinos, medievales españoles, árabes, alemanes e italianos e, incluso, para los budistas por más de dos mil años.
Entendemos por una cultura retórica aquella en la cual la discusión, el diálogo y la argumentación son centrales tanto en la educación formal como en el mundo cotidiano. Es decir, sabemos que en su sentido original el término «cultura» significa cultivo. Una cultura retórica es aquella en la cual se cultivan el diálogo, el arte de convencer, la argumentación, la discusión. No se trata simplemente de mediadores culturales, en ese sentido lo que se busca cultivar es otra cosa y la retórica es sólo un medio. En una cultura retórica ésta no es un medio sino un fin.
Así, en una cultura escolar retórica, la discusión, argumentación y convencimiento no son medios para alcanzar algo, sino fines en sí mismos. Como señala Nietzsche, «la formación del hombre antiguo culmina habitualmente en la retórica: es la suprema actividad espiritual del hombre político bien formado, ¡una idea para nosotros muy extraña!» (1872: 416 / 2000:81)
En la actualidad, muchos pensadores consideran necesario el desarrollo de competencias argumentativas, por ejemplo de Zubiría (2006) o Jiménez (2010). Otros pedagogos reconocidos han señalado la importancia del diálogo y la discusión en el aula, como Piaget (1981) o Bruner (2003). Incluso algunos sociólogos han resaltado la importancia del diálogo en la actividad social como Habermas y Appel. Sin embargo, en todos ellos encontramos una constante: el diálogo es un medio para lograr algo más.
Nosotros queremos invertir los términos en los que estos autores se expresan hoy en día sobre la discusión y los contenidos académicos. No es que la argumentación y la discusión sean un medio para lograr el aprendizaje de contenidos. Se trata de que los contenidos sean un medio para llevar a cabo más y mejores discusiones.
Es decir, se trata de una pedagogía centrada en el diálogo en la cual lo más importante sea discutir, no para aprender, sino porque en la discusión se manifiestan de la manera más elevada las verdaderas potencialidades humanas. Los contenidos sólo sirven en la medida en que mejoran mis habilidades de discusión. Aprendo para tener mejores herramientas para discutir o para entrenarme en mejores formas de argumentar.
Los contenidos escolares se dividirán, entonces, en dos: aquellos que me sirven como saberes para aplicar en una discusión  y aquellos que ayudan a ejercitar mis habilidades lingüísticas.
Esto es lo que llamamos una cultura escolar retórica.

Conclusión

A grandes rasgos hemos visto cómo la retórica tiene una larga tradición que ha sido olvidada o intencionalmente desconocida (negada, refutada, despreciada). Sin embargo, también vemos en es una herramienta que contiene importantes elementos para la formación ciudadana en un mundo interconectado entre culturas distintas, con valores y creencias diferente.
De manera muy resumida vimos que las condiciones actuales de las sociedades del conocimiento nos motivan a repensar al ser humano en su dimensión lingüística y a comprender que el manejo de la información, que es también lenguaje, requiere de un desarrollo superior que desde antiguo se le ha encargado a la retórica. Tanto en Grecia como en Roma, en la India, China y Japón, así como en la Europa de la Edad Media, se le confería a la retórica un lugar importante en la educación porque era lo que permitía al ciudadano formar parte integral y funcional de la polis. A quien no habla, no se le escucha. Aprender a hablar es un imperativo en las culturas democráticas en donde todos tenemos voz.
Si se nos ha dado el derecho a alzar la voz, debemos aceptar el compromiso de aprender a hablar.
Para lograr la tolerancia y el respeto mutuos debemos aprender a abrirnos al diálogo y la retórica se ha encargado de teorizar y regular sobre ello durante cerca de dos mil años.
Al retorno a la retórica en general puede ayudarnos a construir nuevas ciudadanías multiculturales y basadas en el conocimiento. Sin embargo, para ello hay que cambiar ideas profundas. La primera de ellas es dejar de ver a la retórica como un adorno o arma de manipulación y la segunda es dejar de ver a la discusión como un medio.
Una sociedad acostumbrada a debatir debe tener tras de sí una educación igual. La era de la educación totalitaria y de transmisión debe terminar abriéndonos al diálogo en la escuela.
Un diálogo entre docentes, de docentes con estudiantes, de estudiantes entre estudiantes y de todos los anteriores con la sociedad.

 

Bibliografía

Beuchot, M. (1998). La retórica como pragmática y hermenéutica. Barcelona: Anthropos.
Beuchot, M., & Arenas-Dolz, F. (2008). Hermenéutica de la encrucijada: analogía, retórica y filosofía. Barcelona: Anthropos.
Bruner, Jerome Seymour (2003). The process of education. USA: Harvard University Press.
Jiménez Aleixandre, M. P. (2010). 10 ideas clave: competencias en argumentación y uso de pruebas. Barcelona: GRAO.
Nietzsche, F. (2000). Escritos sobre retórica. Madrid: Trotta.
Perelman, Chaïm y Lucie Olbrechts-Tyteca (1989). Tratado de la argumentación: la nueva retórica. Madrid: Gredos
Piaget, Jean (1981). ¿A dónde va la educación? Teide.
Ramírez, J. L. (2008). La Retórica, fundamento de la ciudadanía y de la formación escolar en la sociedad moderna. Foro Interno (8), 11-38.
de Zubiría Samper, Julián (2006). Las competencias argumentativas: la visión desde la educación. Bogotá: Magisterio.