Retórica, cultura ciudadana y educación cívica.
Eje temático: JEC- Los jóvenes y la educación cívica
Resumen
La retórica ha sido considerada como una herramienta de
manipulación o discurso vacío. Sin embargo, esto niega una tradición de más de
dos mil años. En los últimos 30 años, algunos teóricos han presentado argumentos
para restituir la retórica en los curricula
escolares.
Utilizando la hermenéutica analógica como método, hemos encontrado
suficientes razones para sustentar la reincorporación de la retórica en los curricula para lograr una mejor
educación ciudadana. Los resultados arrojan, primero, que el ser humano es un
ser lingüístico, sus vínculos sociales están mediados por el lenguaje. En este
sentido, resulta indispensable un adecuado manejo del mismo, lo cual es el
primer rasgo rescatable de la retórica.
Segundo, que la racionalidad lógica no ha logrado satisfacer
las necesidades cotidianas de las personas, aunque el avance científico sea significativo.
Una nueva racionalidad es requerida y la retórica se conecta con la
racionalidad práctica, por lo que es útil.
Tercero, en las sociedades del conocimiento el manejo del
lenguaje y la información son competencias indispensables y la retórica ayuda a
desarrollarlas.
Por último, que la formación retórica requiere la capacidad
de abrirse a las opiniones de los otros y desarrollar la capacidad de escuchar;
virtudes necesarias en la formación ciudadana y cívica.
En conclusión encontramos que la reinstauración de los
estudios de retórica en la educación media y superior contribuirá de forma
satisfactoria en la formación cívica de las personas y en la construcción de
una nueva ciudadanía acorde a las sociedades del conocimiento.
Introducción
La retórica fue considerada desde hace más de dos mil años
no sólo como una herramienta más en el repertorio de conocimientos
indispensables para la vida cívica de las personas, implicaba el más alto
desarrollo lingüístico del ser humano, es verdadero y más elevado objetivo de
la educación.
Sin embargo, esta visión de la retórica empezó a perderse a
inicios de la modernidad y con el advenimiento del positivismo, de dejó de lado
por completo su estudio, convirtiéndola en una más de las disciplinas de
estudio de lenguaje, encargada únicamente de algunas figuras utilizadas para
embellecer el lenguaje o engañar a las personas y hacerlas aceptar lo que
decimos.
A principios del siglo pasado se inició un proceso de recuperación
de la retórica que nos ha llevado a reflexionar nuevamente su papel en la
formación humana. En la presente ponencia presentaré algunos argumentos por los
cuales consideramos necesario un retorno de la formación retórica en las
escuelas, qué entendemos por esta y cómo consideramos se debería aplicar.
I Breve historia de la Retórica Clásica
Nietzsche al inicio de sus Escritos sobre retórica de
1872 en donde inicia contundentemente diciendo «una de las principales
diferencias entre los antiguos y los modernos es el extraordinario desarrollo
de la retórica: en nuestra época este arte es objeto de un general desprecio, y
cuando se usa entre los modernos no es más que diletantismo o puro empirismo»
(1872: 415 / 2000:81). Efectivamente, como afirma este pensador, en la
antigüedad la retórica no sólo era una disciplina más estudiada por las
personas, era en cierto sentido un fin en sí mismo, era un fin de la cultura:
«la formación del hombre antiguo culmina habitualmente en la retórica: es la
suprema actividad espiritual del hombre político bien formado, ¡una idea para
nosotros muy extraña!» (1872: 416 / 2000:81).
El primero en teorizar sobre retórica fue Aristóteles, hacia
el siglo IV a. C., quien la define como «(…)
la facultad de teorizar lo que es adecuado en cada caso para convencer»
(Retórica I, 2, 1355 b25). Sin embargo, es más que una simple técnica para el
convencimiento de los demás, lo cual es inaceptable, pues contrae peligros que
la sofística se encargó de mostrar claramente.
Posteriormente, la
retórica continúa estudiándose, tanto en el sentido de ciencia, es decir como
estudio o teoría general de la argumentación, como en el sentido de técnica, o
reglas para convencer mejor.
En la antigua Roma, Cicerón y Boecio teorizaron nuevamente
la retórica e hicieron varias aportaciones a esta disciplina. Durante la Edad
Media pensadores como Roberto Kilwardby, Vicente Ferrer, Remigio Rufo y Fray Luis
de Granada también se encargaron de esta disciplina y cada quién aportó a ella
nuevas reflexiones.
Ya en la Edad Moderna y en nuestra época contemporánea,
Pascal reconoce la necesidad de este tipo de argumentación. Por su parte,
Nietzsche, como ya hemos mencionado, busca revivir de alguna manera la recién
olvidada tradición retórica. Ya en el siglo XX, autores como Perelman (en 1989),
Toulmin (en 1958), Gadamer (en 1960) o Ricoeur (en 1977) reconocen la
importancia de la retórica y proponen de una u otra manera un retorno de ella.
Aproximación al concepto de retórica
Partiendo de la definición aristotélica de retórica y de las
propuestas de Perelman y Olbrechts-Tyteca, podemos afirmar que la retórica es un
modo elevado de discurso-razonamiento (ratio et discorsi = logos) que
versa sobre lo contingente y verosímil (en oposición a la lógica-dialéctica que
versa sobre lo necesario y verdadero) y que busca lograr la adhesión del otro
(o de los otros) a una tesis no sólo por convencimiento racional sino por aceptación
emocional.
La característica fundamental de este concepto de retórica
radica en oponer el tipo de razonamiento retórico al de la lógica formal,
siendo esta última una lógica de la demostración mientras que la primera es tan
sólo una lógica de lo razonable, de lo plausible.
Esta diferencia es fundamental para comprender la propuesta
de un retorno de la retórica porque a pesar de existir una gran cantidad de
autores que en la actualidad se preocupan por la cuestión de la argumentación
en los estudiantes, ignoran (ya sea por desconocimiento o por mala voluntad) la
larga tradición retórica que se ha señalado brevemente en el apartado anterior,
de casi dos mil años de antigüedad y de investigaciones y reflexiones profundas
y sus propuestas no distinguen entre estos dos tipos de argumentación que
claramente son diferentes.
No podemos simplemente cerrar los ojos a la tradición. Si
tenemos una disciplina tan estudiada y con tan grandes aportes, sería un error
abandonarla para empezar de nuevo. No conozco hasta el momento ningún texto
sobre didáctica de la argumentación que reconozca la diferencia y, mucho menos,
que cite a ningún autor de la larga tradición retórica.
Otro aspecto importante de la definición es que decimos que
es un modo elevado de discurso
porque por un lado implica un manejo del lenguaje y del buen hablar (oratoria)
que se desarrolla, se cultiva y no sólo se adquiere por naturaleza.
Distinguimos también en la definición el término de
racionalidad porque la retórica implica un modo de pensar relacionado no con la
búsqueda de lo verdadero (como en el caso de la lógica) sino relacionado con la
deliberación (boulesis), es decir, con el silogismo práctico, con
aquella racionalidad cuya finalidad no es una proposición verdadera, sino una
resolución sobre cómo debemos actuar.
Decimos también que es un tipo de discurso-razonamiento que
busca la adhesión de otro (u otros) a una tesis sostenida por alguien que la
considera más verosímil, más práctica o en algún otro sentido mejor que alguna
otra. Es decir, busca el convencimiento y la aceptación más que la
demostración.
Es por ello que al aceptar esta definición, estamos
adquiriendo algunos compromisos teóricos como son:
1. Compromiso
con una antropología filosófica: que concibe al ser humano como un ser lingüístico
por naturaleza, tal como se ha expuesto.
2. Compromiso
con una teoría de la praxis: que concibe a toda praxis humana como
lingüística, producto de una interacción social mediada por el lenguaje.
3. Compromiso
con una teoría del conocimiento: que considera que el mundo de lo social no
está determinado de la misma manera que el mundo natural; no obedece a leyes
precisas e inmutables sino que parte de lo más aceptable, plausible o
conveniente.
4. Compromiso
con una ética: porque no sólo se trata de una mera techné o técnica para
mejorar y adornar el discurso, sino un compromiso racional por la búsqueda de
lo más verosímil y conveniente para la comunidad, oponiéndose con ello al uso
indiscriminado que la sofística llevó a cabo de esta disciplina.
5. Compromiso
con una filosofía de la cultura: porque también la entendemos como una cultura,
es decir, un modo de ser. Así como podemos hablar de una cultura científica
o una cultura política, así también podemos hablar de una cultura
retórica, que implica ciertas creencias, valores, actitudes, normas y
principios. Esto significa, no simplemente se sabe retórica (como se
sabe gramática) o se domina la retórica (como se dominan las
matemáticas); sino que, en realidad, se vive (se vivencia) la retórica.
6. Compromiso
con una teoría política: que ve a la sociedad como un conjunto de vínculos
lingüísticos e interacciones comunicativo-discursivas orientadas al bien común.
La retórica y la construcción de la ciudadanía
Desde Aristóteles se ha considerado que la retórica está
íntimamente relacionada con el desempeño del ciudadano plenamente. Esto es a
que el ser humano es, principalmente, un ser que tiene lenguaje, aunque, como
señala Ramírez (2008), las lecturas tradicionales han traducido el término «logos» como «razón» a pesar de que
incluye también la idea de habla. Así, nos dice que «la capacidad
intercomunicativa es, por lo tanto, algo que el ser humano y el animal tienen
en común. Pero lo que diferencia la comunicación humana de la de otros animales
es su competencia en el uso de ese específico instrumento que es el lenguaje:
la palabra». (Ramírez, 2008: 13).
El ser humano está dotado de lenguaje y su manera de relacionarse con el
mundo y con sus semejantes es lingüísticamente, por lo tanto, un adecuado
manejo del lenguaje es indispensable
para la actividad social. El ser social del hombre deviene, pues, de su ser
lingüístico y en ese sentido «tener logos supone (…) saber distinguir entre lo
justo y lo injusto, entre lo provechoso y lo perjudicial, entre lo bueno y lo
malo, no entre lo verdadero y lo falso» (Ramírez, 2008: 16).
Es decir, es mediante el lenguaje que podemos distinguir lo
bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo apropiado de lo inapropiado, lo
correcto de lo incorrecto, etc., antes que distinguir lo verdadero de lo falso.
Porque determinar que algo es verdadero o falso implica capacidades distintas a
saber si algo es bueno o no. Muchos avances científicos y tecnológicos lo
demuestran. La discusión sobre si la ecuación de Einstein que vincula energía y
materia es verdadera o no es de un orden muy distinto a la que determina si
debemos o no utilizar armas atómicas (basadas en dicha ecuación).
Las discusiones que competen al ciudadano no son de orden
lógico-apodíctico, es decir, discusiones que puedan resolverse sin lugar a
dudas y bajo estrictas reglas de inferencia para llegar de proposiciones
verdaderas a otras igualmente verdaderas. Las discusiones ciudadanas tienen que
ver con lo justo, con lo adecuado, con lo mejor en un momento determinado. Por
ello, son discusiones retóricas. Elegir un proyecto político, aceptar o
rechazar los matrimonios entre personas del mismo sexo, prohibir o permitir la
eutanasia o el aborto, incluso decidir si ayudar a un proyecto de rescate de
niños en situación de calle o a uno para personas de la tercera edad, implica
ponderar cada una de las posturas y elegir entre ellas siempre en un grado de
duda razonable, es decir, aceptarlas como verdades plausibles, probables o más
verdaderas o convenientes, nunca como
verdades irrefutables, pues siempre hay otra persona ahí con buenos argumentos
para defender la postura opuesta. Es por ello que se trata de discusiones
retóricas.
Es así que comprendemos que existe una vinculación necesaria
entre la formación ciudadana y el manejo de la retórica. Nietzsche apuntaba en
el texto citado que la retórica «(…) es un arte esencialmente republicano:
uno tiene que estar acostumbrado a soportar las opiniones y los puntos de vista
más extraños e incluso a sentir un cierto placer en la contradicción; hay que
escuchar con el mismo buen agrado que cuando uno mismo habla, y como oyente hay
que ser capaz, más o menos, de apreciar el arte aplicado» (1872: 415-416 /
2000:81).
De igual manera se expresan Beuchot y Arenas-Dolz (2008): «(…) lo fundamental para un ciudadano
de la sociedad moderna es la necesidad de dominar críticamente el lenguaje, lo
cual nos permite una precisamente una comprensión y orientación crítica de la
acción humana» (p. 130).
Es así que nuestra primera conclusión es que en la
actualidad hemos retornado la idea del ser humano como ser lingüístico y que la
sociabilidad humana es especial precisamente por este carácter lingüístico:
somos seres sociales porque establecemos vínculos comunicativos especiales
entre las personas de nuestra misma especie. Por lo tanto, el grado se
sociabilidad aumentará en la medida en que nuestro manejo del lenguaje se
incremente. La retórica ha sido el nombre que durante cerca de dos mil años se
le dio a esa capacidad suprema de manejo de lenguaje.
Por otra parte, desde inicios del siglo XX y hasta la
actualidad, una gran cantidad de pensadores han colocado en tela de juicio la
utilidad de la lógica formal para resolver los problemas cotidianos. Desde las
reflexiones de Nietzsche hasta las propuestas de los pensadores postmodernos,
nos percatamos de que la vida cotidiana y la sociedad no se manejan con reglas
universales y matemáticamente descriptibles como se pensaba en el positivismo.
Nos movemos en el ámbito de una lógica más permisiva, más abierta.
Esa lógica más abierta y con repercusiones prácticas más que
teóricas, es decir, una lógica de la acción y no sólo del conocimiento, fue
teorizada en un principio por Aristóteles y desde entonces se le conoce como
lógica retórica. De ahí que consideremos que la segunda conclusión importante
es no sólo que la lógica formal es insuficiente para la capacitación ciudadana,
que tiene que ver con lo cotidiano aunque sea a nivel nacional o internacional;
sino que esa lógica ya tiene un nombre desde hace dos milenios: se llama
retórica y es necesario retomarla.
Ahora bien, estamos en los albores de lo que llamamos una
sociedad del conocimiento, cuyo principal insumo es la información. Pero dicha
información se produce en forma de lenguajes distintos: verbal, escrito,
gráfico, etc. Es por ello que se requiere de un buen manejo de las herramientas
más generales del lenguaje. Dicho manejo ha estado a cargo durante veinte
siglos de una disciplina: la retórica. De tal manera que consideramos que para
acceder a una sociedad del conocimiento es indispensable un retorno a la
retórica.
Por último, como ya se mencionó antes, es también
indispensable una actitud de respeto y tolerancia para con los demás. Cuando
uno está seguro de tener la razón o que la verdad está de su lado, es muy
difícil respetar a los demás. Sin embargo, cuando se asume que lo que uno cree,
piensa y dice es tan sólo probable, verosímil, aproximado o provisional,
entonces tiene la posibilidad y la necesidad de abrirse a los demás e
intercambiar puntos de vista. Es decir, sólo en la medida en que sabemos que
podemos equivocarnos estaremos en posibilidad de permitir que los demás emitan
su opinión y la justifiquen, porque así podremos confrontar nuestras ideas con
las de otros y determinar así cuál de ellas es la mejor.
No se puede ser respetuoso ni tolerante si no hay diálogo de
por medio y para que haya diálogo se debe pensar que lo que uno cree no
necesariamente es cierto. El dogmatismo precisamente cierra la posibilidad de
diálogo al establecer criterios absolutos. Así, por ejemplo, cuando uno no
desea renunciar a sus creencias, a su postura teórica, el intento de diálogo
resulta fútil, una verdadera pérdida de tiempo. Pero cuando se sabe que nuestra
postura podría no ser la definitiva, entonces le permitimos al otro expresar
sus ideas ya sea para refutarlas o para fortalecer las nuestras; incluso para
cambiar de opinión si se nos demuestra que estamos equivocados.
Esto no quiere decir, sin embargo, que debemos renunciar a
la búsqueda de la verdad. Este es el peligro del relativismo postmoderno:
pensar que cada quien tiene su verdad y que son todas ellas inconmensurables.
Debemos tener un deseo de alcanzar la verdad para entablar
un buen diálogo, pero con la actitud de saber que lo que pienso y digo podría
no ser verdadero. Precisamente porque puede ser falso es que busco la verdad y
como la busco y puede ser que no la tenga, entonces requiero del otro para
ayudarme en mi búsqueda.
El dogmatismo está unido a dos posturas extremas: creer que
ya se tiene la verdad y creer que no existe la verdad y que, por ende, todos
tienen su verdad. En la primera el
dogmatismo se da al imponer mi opinión. En el segundo, porque como no hay
criterios universales, el que pega más fuerte tiene la razón. Sólo una actitud
mediadora que busca la verdad a sabiendas que no se la tiene y que quizá nunca
se la tenga, puede oponerse al dogmatismo.
La retórica de vuelta a la escuela
Es por lo anterior que deseamos reajustar el enfoque escolar
y retornar a la retórica.
A nadie debe extrañar considerar la retórica como una
asignatura más en el sistema escolar. Lo fue durante más de trescientos años,
mientras formó parte del Trivium
medieval. Lo que sí debería extrañarnos es la pérdida no sólo de esta
disciplina, sino de toda una cultura
escolar retórica, misma que era común para griegos, latinos, medievales españoles,
árabes, alemanes e italianos e, incluso, para los budistas por más de dos mil
años.
Entendemos por una cultura retórica aquella en la cual la
discusión, el diálogo y la argumentación son centrales tanto en la educación
formal como en el mundo cotidiano. Es decir, sabemos que en su sentido original
el término «cultura» significa cultivo.
Una cultura retórica es aquella en la cual se cultivan el diálogo, el arte de
convencer, la argumentación, la discusión. No se trata simplemente de
mediadores culturales, en ese sentido lo que se busca cultivar es otra cosa y
la retórica es sólo un medio. En una cultura retórica ésta no es un medio sino
un fin.
Así, en una cultura escolar retórica, la discusión,
argumentación y convencimiento no son medios para alcanzar algo, sino fines en
sí mismos. Como señala Nietzsche, «la formación del hombre antiguo culmina
habitualmente en la retórica: es la suprema actividad espiritual del hombre
político bien formado, ¡una idea para nosotros muy extraña!» (1872: 416 / 2000:81)
En la actualidad, muchos pensadores consideran necesario el
desarrollo de competencias argumentativas, por ejemplo de Zubiría (2006) o
Jiménez (2010). Otros pedagogos reconocidos han señalado la importancia del
diálogo y la discusión en el aula, como Piaget (1981) o Bruner (2003). Incluso
algunos sociólogos han resaltado la importancia del diálogo en la actividad
social como Habermas y Appel. Sin embargo, en todos ellos encontramos una
constante: el diálogo es un medio para lograr algo más.
Nosotros queremos invertir los términos en los que estos autores
se expresan hoy en día sobre la discusión y los contenidos académicos. No es
que la argumentación y la discusión sean un medio para lograr el aprendizaje de
contenidos. Se trata de que los contenidos
sean un medio para llevar a cabo más y mejores discusiones.
Es decir, se trata de una pedagogía centrada en el diálogo
en la cual lo más importante sea discutir, no para aprender, sino porque en la
discusión se manifiestan de la manera más elevada las verdaderas
potencialidades humanas. Los contenidos sólo sirven en la medida en que mejoran
mis habilidades de discusión. Aprendo para tener mejores herramientas para
discutir o para entrenarme en mejores formas de argumentar.
Los contenidos escolares se dividirán, entonces, en dos:
aquellos que me sirven como saberes para aplicar en una discusión y aquellos que ayudan a ejercitar mis
habilidades lingüísticas.
Esto es lo que llamamos una cultura escolar retórica.
Conclusión
A grandes rasgos hemos visto cómo la retórica tiene una
larga tradición que ha sido olvidada o intencionalmente desconocida (negada,
refutada, despreciada). Sin embargo, también vemos en es una herramienta que
contiene importantes elementos para la formación ciudadana en un mundo interconectado
entre culturas distintas, con valores y creencias diferente.
De manera muy resumida vimos que las condiciones actuales de
las sociedades del conocimiento nos motivan a repensar al ser humano en su
dimensión lingüística y a comprender que el manejo de la información, que es
también lenguaje, requiere de un desarrollo superior que desde antiguo se le ha
encargado a la retórica. Tanto en Grecia como en Roma, en la India, China y
Japón, así como en la Europa de la Edad Media, se le confería a la retórica un
lugar importante en la educación porque era lo que permitía al ciudadano formar
parte integral y funcional de la polis. A quien no habla, no se le escucha.
Aprender a hablar es un imperativo en las culturas democráticas en donde todos
tenemos voz.
Si se nos ha dado el derecho a alzar la voz, debemos aceptar
el compromiso de aprender a hablar.
Para lograr la tolerancia y el respeto mutuos debemos
aprender a abrirnos al diálogo y la retórica se ha encargado de teorizar y
regular sobre ello durante cerca de dos mil años.
Al retorno a la retórica en general puede ayudarnos a
construir nuevas ciudadanías multiculturales y basadas en el conocimiento. Sin
embargo, para ello hay que cambiar ideas profundas. La primera de ellas es
dejar de ver a la retórica como un adorno o arma de manipulación y la segunda
es dejar de ver a la discusión como un medio.
Una sociedad acostumbrada a debatir debe tener tras de sí
una educación igual. La era de la educación totalitaria y de transmisión debe
terminar abriéndonos al diálogo en la escuela.
Un diálogo entre docentes, de docentes con estudiantes, de
estudiantes entre estudiantes y de todos los anteriores con la sociedad.
Bibliografía
Beuchot, M. (1998). La
retórica como pragmática y hermenéutica. Barcelona: Anthropos.
Beuchot, M., & Arenas-Dolz, F. (2008). Hermenéutica de la encrucijada: analogía,
retórica y filosofía. Barcelona: Anthropos.
Bruner, Jerome Seymour (2003). The process of education. USA: Harvard University Press.
Jiménez Aleixandre, M. P. (2010). 10 ideas clave: competencias en argumentación y uso de pruebas.
Barcelona: GRAO.
Nietzsche, F. (2000). Escritos
sobre retórica. Madrid: Trotta.
Perelman, Chaïm y Lucie Olbrechts-Tyteca (1989). Tratado de la argumentación: la nueva
retórica. Madrid: Gredos
Piaget, Jean (1981). ¿A
dónde va la educación? Teide.
Ramírez, J. L. (2008). La
Retórica, fundamento de la ciudadanía y de la formación escolar en la sociedad
moderna. Foro Interno (8), 11-38.
de Zubiría Samper, Julián (2006). Las competencias argumentativas: la visión desde la educación.
Bogotá: Magisterio.